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Marta Argüelles

El cuadro como mirada. Javier Rubio Nomblot

Se trata, desde la pintura rupestre hasta el Pandora en 3D de Avatar, desde el hombre-patata del niño de tres años hasta el postrero ¿Por qué el proceso entre Pilatos y Jesús duró sólo dos minutos? de Wolf Vostell, desde una pintura abstracta hasta un documental cinematográfico, de fabricar una imagen. No existe nada comparable en el reino animal –donde sí se dan las señales olfativas, acústicas, gestuales…- y, honestamente, pienso que frente a esta singularidad huelgan los debates acerca de la pertinencia o la caducidad de tal o cual clase de imágenes. ¿Qué significa esta singularidad? Pasan los ismos, se sofistican los mecanismos y cada vez importa menos la historia de la técnica –hoy, de la tecnología- y más aquello que una imagen ha representado y representa para el hombre. Acaso sea que en la sociedad del espectáculo también el arte se concentra, cada vez más, en el espectador. Por azares del destino, este texto se ultima en la última planta de un rascacielos a pie de playa y, mientras contemplo toda la costa desde Torremolinos hasta la bahía de Málaga, compruebo que mi percepción -mi modo de ver, diría Berger- de este paisaje no está en absoluto influida por Avatar, sino más bien por la abundante iconografía que ha generado la Costa del Sol. Siempre hay un más allá en toda imagen (un porqué, un cómo, un para qué…), pero también un más acá: aunque las imágenes son, como señaló Baudrillard, “asesinas de lo real, asesinas de su propio modelo”, sin ellas no podemos ver –interpretar, asimilar, aprehender…- el mundo. Toda imagen es, por eso, sagrada. Y la pintura, como imagen que se resiste pese a todo a formar parte del espectáculo –y por eso precisamente sigue siendo imagen pintada en la edad digital-, sacraliza ese mundo que sobrevive más allá de lo mediático. Un más allá por tanto –la obra, su creador y su circunstancia- y un más acá –el espectador que construye su propia visión-: las teorías del arte, desde Kant, privilegian a una u otra figura porque toda obra es a la vez condensación de un mundo e instrumento para la percepción del mundo. Pero, a medida que el arte –e incluso el mundo del arte- se independiza del mundo –se vuelve, como dijo Rubert de Ventós, un arte ensimismado-, la imagen acaba por condensar sólo otras imágenes y por permitir sólo la adecuada percepción de más imágenes. ¿Dónde queda el mundo? ¿Dónde el modelo asesinado? ¿Dónde la importancia de la imagen como instrumento para ese apropiarse el hombre del mundo? Por eso no importa tanto, frente a la obra de una artista como Marta Argüelles, hablar de una apuesta por “la pintura por la pintura” cuanto, más simplemente, hablar del mundo –o, como se dice en este mundo-, del natural; y de sus tres categorías clásicas: el bodegón, el paisaje y la figura. Formada en Nueva York, donde se interesa por la obra de los expresionistas -Beckman, Kokoschka, De Kooning..- y, ya en Madrid, en el Taller del Prado de Molina Montero y en el de Jorge Pedraza, Marta Argüelles forma hoy parte de un moderno linaje de pintores españoles que han ido reencontrándose con el natural en distintas –y casi siempre adversas- circunstancias históricas: desde Carlos de Haes, introductor en España del paisaje como género pictórico a principios de siglo, hasta el propio Pedraza, acaso el pintor más sobresaliente de la generación de “jóvenes paisajistas” que la Facultad de Bellas Artes de Madrid alumbró en los años ochenta, pasando por la Escuela de Madrid, cuyo eje programático lo constituye, precisamente, la exploración de esos paisajes olvidados ya en la España desarrollada de los años setenta, o por sus contemporáneos y epígonos, como J. Mª Rueda o Sánchez Carralero, maestros ellos mismos de los “jóvenes paisajistas”, se desarrolla una pintura que es ajena a todo cuanto no evoque el encuentro con lo real y con la pintura en su forma más adusta. Una pintura que, como la de Marta Argüelles, suele ser de factura sobria –pigmento y aceite, sin barnices ni veladuras, a la manera de los impresionistas-, que se busca a sí misma en motivos nulamente grandilocuentes, en formas sencillas y reconocibles, en composiciones compactas, en geometrías subyacentes y, desde luego, en la soledad –del campo o del taller-, porque trata de la íntima, intransferible e inaplazable comunión con la realidad visible: ¡No pienses, mira!, había exclamado Wittgenstein; y éste es también el eje programático del pintor del natural y, más acá, ésta es la carga ideológica de su obra, urgente, actual. Y se dirá: pero si la pintora nos dice “mira el mundo y no su imagen”, ¿por qué hemos de contemplar sus obras? No es sólo que la artista se mantenga, en todos los cuadros de esta exposición, fiel al mundo familiar y pequeño del taller para dialogar sólo con objetos y figuras emplazados en los márgenes del ajetreo del mundo (e incluso de los tiempos, mezclando objetos modernos y antiguos con guiños a Grecia y a Oriente, al cubismo y al fauvismo, a Gauguin y a Freud); importan, sobre todo, la limpieza de su mirada y la sinceridad de su expresión. Un cuadro de Marta Argüelles quiere ser, por encima de cualquier otra cosa, el testimonio de una mirada no mediatizada: aquí la voluntad y el deseo no se proyecta en el objeto, sino en el acto –la labor, la disciplina diaria- de mirarlo sin añadirle ni restarle nada. En ese sentido la pintura austera, contenida, no enfática, de Marta Argüelles, es, por supuesto, rigurosamente contemporánea: “Es indudable que lo que llamamos el movimiento moderno en arte comienza con la determinación unilateral de un pintor francés de ver el mundo objetivamente”, sentencia Herbert Read refiriéndose, claro está, a Cézanne. Sin atender a la objetividad cézaniana –“ver el mundo, o la parte de él que estaba contemplando, como un objeto, sin intervención alguna ni de la pulcra mente ni de las desordenadas emociones”- no es posible comprender un siglo de pintura al desnudo, de objetos y cuerpos que se muestran tal cual son y no tal cual queremos hacerlos ser, de colores que recuperan su pureza primigenia, de pinceladas directas, de imágenes que se elevan sobre los poderes terrenales. Marta Argüelles nos recuerda, con sus pinturas “por la pintura” que eso representa –eso debe representar para nosotros- hoy un cuadro: un espacio donde la imagen –que se ha vuelto tan omnipresente como sospechosa- respira, aguarda, permanece conectada con su raíz y con el misterio de su singularidad.

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"Una décima de segundo. "
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"Yinka"
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"La sombra de lo que fui"
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"Yinka II"
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"El tiempo"
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"La tarde"
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"The party is over"
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"Laura II"
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"Figura sentada en una silla. "
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"La bailaora. "
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"Upside down. "
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"Natalia y fado"
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"Patios traseros Madrid"
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"Madrid desde Bellasvistas. "
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"Invierno en Madrid"
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"Desde la ventana"
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"Yinka"
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"Hueso de animal"
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"Pincel y tetera"
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"Desnudo femenino"
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"Sinfonia sobre Madrid"
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"Bodegón de los ajos"
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"Tarro con pinceles III"
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"Tarro con pinceles II"
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"Tarro con pinceles I"
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"Bodegón de la guitarra"
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"Botella de cerveza"
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"Tetera roja"
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"El desayuno"
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"Insomnio"
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